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DESDE LA DIRECCIÓN
A LOS ALUMNOS DE TERCERO DE BACHILLERATO
La juventud es una etapa de riqueza, la riqueza de descubrir y a la vez de programar, de elegir, de prever y de asumir como algo propio las primeras decisiones que tendrán importancia para el futuro en la dimensión estrictamente personal de la existencia humana. Quisiera que ustedes, jóvenes que egresan del Instituto, tomaran conciencia de la importancia de esta etapa de su vida, para que no se despierten, al término de la misma, con las manos vacías, incapaces de afrontar el reto que les impone su propia realización como personas.
Por eso, mi primera recomendación es que asuman su responsabilidad como hombres en camino, en preparación, trabajando sin descanso, ahondando en su alma, hasta la roca viva, para cimentar en ella su personalidad. No se queden en la superficie: en los sentimientos, en las pasiones, en los deseos; vean en su interior, profundicen y conquisten esa vocación de amor a la que su misma naturaleza los llama.
Sean hombres conscientes de tener a su disposición un tiempo precioso para trabajar, siempre sinceros con ustedes mismos, con sus compañeros, con sus superiores y con Dios; reconozcan con humildad, tanto sus faltas y debilidades, como sus triunfos y progresos; sean siempre testigos de la verdad, aún contra las burlas de los inmaduros o el sentimiento de vergüenza; sean fieles a su deber, puntuales, estudiantes serios y profundos, respetuosos con autoridades y amigos. En fin, sean coherentes con los principios que rigen su actuar diario.
Durante los años que han vivido en el Instituto México, tanto sus padres, como sus profesores, hemos intentado expresarles y convencerlos del sentido que tiene la vida. Por todos los medios a nuestro alcance, hemos insistido en inculcarles una cosmovisión en la que Cristo es el centro, el modelo y la fuente de toda felicidad. La vida sólo cobra sentido cuando iniciamos la búsqueda de la felicidad a través del servicio. No se engañen, ni el placer, ni la estabilidad económica, ni la diversión, ni los bienes, harán que la vida, que nuestra vida cobre sentido y valor. Sólo en la medida en que sirvamos a los demás y consigamos la felicidad, es en la medida en la que nuestra vida tendrá sentido. Ojalá no seamos como estrellas fugaces que son hermosas cuando cruzan el cielo, pero que desaparecen sin dejar huella.
Un último consejo: al continuar su camino, se encontrarán con obstáculos y con dificultades innumerables, se darán cuenta que en muchas ocasiones el mundo los rechazará. No se dejen vencer, caminen siempre con sus principios como escudo, con sus virtudes como espada, con sus valores como estandarte y con Cristo como única meta. Será entonces y sólo entonces, cuando alcancen la coherencia y con ella la posibilidad de ser felices.
Es hora de despedirnos, de decir adiós. Despídanse agradecidos con sus padres, con sus maestros y con sus compañeros. Que Dios los bendiga y los siga guiando.
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